sábado, 26 de diciembre de 2009

ACERCA DE LA PROPIEDAD TRANSITIVA DE LA AMISTAD, LA TRANSA DE HEROINA Y OTRAS YERBAS

Siempre creí que la relación “ser amigo de” tenía propiedad transitiva; es decir, si A es amigo de B, y B es amigo de C, entonces A es amigo de C. Lo creí fehacientemente hasta que conocí a Esteban Lamerca, un idiota que vive en Suecia y que es amigo de un amigo. Gracias a este bobo pude comprobar en forma empírica y carne propia la teoría que dice que es preferible un hijo de puta antes que un imbécil. 

Cuando uno tiene que reunirse con un hijo de puta, va con un chaleco antibalas, con un abogado, o con un cuchillo; es decir, está alerta y preparado para cualquier cosa. Pero cuando el tercero en cuestión es un idiota, no hay precauciones que valgan, todo puede suceder en el momento menos pensado. Puede suceder que el semáforo esté en rojo y el sujeto pise el acelerador en vez del freno, o puede pasar que le quite la argolla a la granada y luego pregunte: "¿Y esto para qué sirve?", o puede hacer lo que hizo Esteban Lamerca una tarde en Madrid. Esa tarde estábamos reunidos con un grupo de amigos mientras yo hablaba por celular con mi puntero Jacinto alias El Peluso. Jacinto era un gitano andaluz de 25 años nacido en Sevilla que bailaba y cantaba flamenco con la misma maestría con la que traficaba heroína y liquidaba gente. Desde hacía una semana se lo veía en yunta con un peso pesado conocido como Manolete alias El Tío, el cual había salido recientemente de prisión luego de cumplir 35 años por homicidio. Antes de cortar pregunté si alguien iba a encargar algo; yo no tenía un puto peso. Esteban, que había venido a España de vacaciones desde Suecia con ganas de tirar manteca al techo, dijo que quería comprar cinco mil euros de heroína.

“Dale pelotudo, cuánto querés”- volví a preguntar.
“Es en serio; quiero cinco mil euros”- confirmó Esteban.
Jamás habíamos encargado una suma similar; lo máximo habían sido trescientos euros. Arreglé pues con El Peluso un punto de encuentro distinto al habitual; la elevada cifra en vez de alegrarlo lo había intranquilizado y lo había puesto desconfiado. Me sitó en el andén de la estación de subte Lavapiés, cerca de Atocha, a las once de la noche. El lugar estaba desierto y tuvimos que esperar con Esteban cerca de media hora; circunstancia totalmente fuera de lo común, ya que la puntualidad es algo clave para las transacciones de este tipo. Cerca de las once y media aparecieron El Tío y El Peluso; pese a estar en diciembre, pleno invierno nevado, venían más transpirados que salame en la guantera. Miraban constantemente a los cuatro lados y se los veía bastante nerviosos. Luego de las presentaciones nos quedamos mirando todos mutuamente en medio de un silencio incómodo.

“Dale Esteban” - dije viendo que nadie daba el primer paso.
“¿Dale qué?”-respondió el tonto masticando chicle con la boca abierta y con una cara de idiota difícil de imitar.
“Poné la guitarra, agarrá el bártulo y vámonos ya”-le dije.
“¿Ah, vos decís por la droga? No, jajaja. Yo no quiero nada, era una broma”.
Ya que yo iba a morir gratis, apuñalado por culpa de un pelotudo, quise saber las causas que lo movían: “¿Y para qué vinimos Esteban?”
“No sé. Yo vine porque creí que el que quería comprar droga eras vos”- me respondió con una sonrisa down comparada con la cual, Jim Carey tenía la agudeza de Sartre.

Treinta y cinco años viviendo en el infierno te dan muchísima más sabiduría que si leyeras un millón de libros. Treinta y cinco años viviendo en un lugar en el cual la correcta interpretación de una mirada define si te meten una botella rota de cerveza por el orto y te la sacan por la boca, valen mil veces más que saber francés, inglés, italiano, latín y griego. Yo creo que eso fue lo que me salvó. Si el Tío Manolete no hubiese estado treinta y cinco años preso, Esteban Lamerca y yo hubiésemos aparecido al día siguiente degollados en el baño de la estación de subte Lavapiés, cerca del centro de Madrid. Pero el Tío Manolete, gracias a dios -en el cual no creo- y a todos los putos santos, miró a los ojos a dos chabones e interpretó correctamente las señales. Vio la sorpresa, la incredulidad y el terror en la cara de un tipo inteligente pero más cagado que vaca en viaje, por un lado, y por el otro vio a un boludo alegre que ignoraba -e incluso ignora actualmente- lo cerca que estuvo de morir al pedo. Y Manolete entonces comprendió que no era una emboscada ni una falta de respeto ni una tocada de culo y que ninguno de los dos valíamos la pena. El Tío nos despachó doscientos euros a cuenta, siquiera sea para justificar el viaje. Nos metimos en el baño de la estación y El Peluso sacó un cuchillo que parecía el sable corvo de San Martín, cortó un pedazo de la piedra, ya que lógicamente no la traía fraccionada, y nos despedimos en términos más o menos amistosos. Llegué a casa y le recé por primera vez a dios -en el cual no creo- y a todos lo putos santos para que tanto El Tio como El Peluso pudiesen llegar sanos y salvos de regreso a sus casas con el bagullo de heroína y que no fueran detenidos ni requisados en el camino por policía alguno. Nunca más, gracias a dios -en el cual no creo- y a todos los putos santos, volví a ver a Esteban Lamerca. Al Tio, luego de esa primera vez, lo sigo viendo a menudo; ahora que entramos en confianza, se acuerda de mi cara y se ríe a carcajadas.

Este escrito te lo dedico a vos, Esteban, con todo cariño; y andate a la puta madre que te remil parió.


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