viernes, 26 de marzo de 2010

EL BLUES DE YÔYO

Conocí a George allá por el año 2008, en el cantón de Die, lugar de ensueño del departamento de Drôme, al sur de Francia. Jojo -así era como lo llamaba la gente- era un excelente guitarrista de blues, rock y flamenco. De vez en cuando se recluía en su fortaleza de piedra del siglo XV, y permanecía un par de meses inyectándose heroína, sin ver siquiera la luz del sol. Si le golpeaban la puerta, al cabo de veinte minutos asomaba por una puertita-mirilla su cara pálida y su mirada ausente y decía que no se hallaba en casa. Sólo dios sabe en qué planeta estaba.
Cuando estaba sobrio, nos ayudaba a Santiago y a mi con la restauración de Vitraux, alternando esa actividad con el cultivo hogareño de marihuana de excelentísima calidad, cuyas semillas, modificadas genéticamente, importaba desde holanda. El carácter solitario y hosco de Jojo no impidió que nos hagamos amigotes rápidamente; circunstancia realmente excepcional, ya que Jojo rehuía cualquier tipo de contacto social. En una comunidad de 500 habitantes, todo el mundo se conoce. Son habituales los cumpleaños, los bautismos, los cocktails sin motivo alguno, las reuniones de fin de semana, las inauguraciones, las barbacoas y todo tipo de encuentro que realiza la gente civilizada para tratar de burlar -siempre sin éxito- el tedio existencial de las sociedades capitalistas. Jojo, como buen rebelde, era muy reacio a asistir a esta clase de tertulias; por lo cual, el día que fuimos invitados al almuerzo que hacía el Jefe de Policía de Chatillon-en-Diois para agasajar al grupo de la escuela de vitraux, del cual Jojo era integrante, lo vi terriblemente nervioso toda la tarde. A eso de las 6 p.m., hora en que terminábamos las actividades en el atelier, comenzó a congregarse el grupo de asistentes, listos para dirigirnos a la casa del funcionario. Seríamos alrededor de doce o quince. Mientras algunos charlaban animadamente, otros ordenaban el taller y otros comenzaban a acomodarse en los vehículos, ví a Jojo salir disparando con esmerado disimulo, como una laucha cuando prenden la luz; al igual que Houdini, Jojo era un verdadero maestro en el arte del escape; sin embargo, a mí no me pasó desapercibida su actitud, si bien no lo comenté con nadie. En la fiesta charlamos y reímos frívola y estupidamente, y nos emborrachamos en forma metódica, como dios manda. Y nadie notó la ausencia de Jojo. Al día siguiente, apareció Jojo bastante ansioso y lo primero que quiso saber fue si alguien había preguntado por él. Con bastante crueldad, inventé la siguiente mentira: que Monsieur le Commandant (así llamábamos con ironía al Jefe de Policía) había preguntado en varias ocasiones por él, y que en vista de que nadie supo dar una respuesta satisfactoria, Monsieur le Commandant se había mostrado muy disgustado. A mi me divertía mucho el miedo infantil que George sentía por la policía, así que estuve cuatro o cinco días atormentándolo con todo tipo de preguntas acerca de qué le diría a Monsieur le Commandant cuando se lo encontrara nuevamente. Visiblemente preocupado, un par de veces Jojo me pidió que le refiera de nuevo y en forma textual cómo había sido la circunstancia en la cual el comandante había preguntado por él. Con cada nuevo relato, yo cambiaba y exageraba en forma absurda los hechos y los dichos a fin de que descubriera que se trataba de una broma. Incluso llegué a decirle una vez que el comandante, cuando se enteró de su ausencia, había dado un terrible puñetazo en la mesa y que se cayeron todas las botellas de vino y que sus hijitos se habían puesto a llorar. Yo esperaba que sonriera y se avivara de una buena vez; pero nada, Jojo bajaba la vista, se mordía el labio inferior y se quedaba en un penoso silencio, nervioso y pensativo. Un viernes a las siete de la tarde, día y hora en que junto a un grupo de amigos y amigas descontrolábamos en forma habitual en un pub, Jojo me llamó aparte, me regaló una pastilla de éxtasis y me pidió que no le contara a nadie, ya que tenía dos solas. Me di cuenta entonces que no podía seguir siendo tan hijo de puta con él; hacía ya casi una semana que lo venía torturando con Monsieur le Commandant, mientras que él se había portado siempre bien conmigo. Decidí entonces contarle la verdad. Muy pocas veces vi una cara tan plena de alivio y felicidad. Jojo rió a carcajadas, me dio una trompada en el estómago (sin perder la alegría) y me invitó con una botella de Ye Monks de doscientos euros. Luego improvisamos un blues para la concurrencia; Jojo la música y yo la letra. Aquí va la letra, que es lo único que queda de aquella hermosa velada.


GIORGIO'S BLUES

Nous sommes
allés à la maison
du Monsieur le Commandant
une fois;
son épouse avait
beaucoup de froid
sa fille avait
un petit cochon de l'inde
nous avons bu beaucoup de vin

mais
Monsieur le Commandant
criait:
où est Giorgio?
où est Giorgio?
où est Giorgio?

Giorgio est un très mauvais garçon
je lui ai dit le Commandant
je riais beaucoup quand
le Commandant criait:
pourquoi Girogio
n'est-il pas venu à ma fête?


parce qu'Giorgio est resté dans sa maison
en cultivant
de la marijuana
je lui ai dit le Commandant
wanna wanna
wanna wanna


Monsieur le Commandant
s'est mis en colère beaucoup
et il a frappé très fort la table
les bouteilles sont tombées
et tout le monde a eu peur
mais je riais beaucoup quand
le Commandant
demandait:
où est Giorgio?
où est Giorgio?
où est Giorgio?

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