lunes, 5 de enero de 2009

EL INGLES

Hoy recordaba al inglés, que conocí en Buenos Aires y con el cual viví un par de meses. Tenía dos departamentos; en uno vivía él y en el otro su abuela. Era una señora mayor. Bastante mayor. Creo que tenía ciento dos años. El inglés un día tuvo que viajar. El asunto es que yo me quedaba en su departamento, cuidándoselo, y dos o tres veces por día debía hecharle un vistazo a la vieja, en el departamento contiguo.
Fuimos al supermercado, hizo una compra grande para su abuela y a mi me dejó dinero en efectivo, para mis gastos y para que le lleve a diario a su abuela las cosas perecederas, leche, pan o algo que necesitase. También me dejó un dinero extra por si un remedio o algo así. El chabón se iba a ausentar veinte días. A los dos días de su partida, yo ya había liquidado mi paga, la guita del pan y la leche de la abuela y el dinero extra por si un remedio o algo así también. Me lo gasté en putas y droga. Me importaba muy poco lo que sucediese. Tal vez el avión de mi amigo se estrellase a su regreso. O tal vez esa misma tarde me pisase un camión; con acoplado. Me encerré tres o cuatro días para estar tranquilo y deprimirme un cacho; luego de ese lapso decidí salir un mediodía de mi encierro porque me estaba doblando en dos de hambre. Me acordé que David le había dejado la heladera llena a su abuela; y me acordé también que hacía casi una semana que no la visitaba. En realidad no había ido nunca desde la partida de mi amigo. Me dirigí al bulo de la vieja con el fin de morfarme algún bocadillo y de paso saber si aún seguía viva.
“Hola David. Hace mucho que no vienes a visitarme, pasa, pasa, hijo mío” – se confundió la anciana.
“No soy David” -le respondí
“Sí, sí, por eso te esperaba; debo decirte que hoy tu madre estuvo aquí y me sigue haciendo las mismas perradas de siempre” –Continuó la vieja. “Me quemó con la plancha la enagua rosa de seda que me regaló Delia para mi casamiento”
“No soy David” – le grité bien fuerte al oído, pero nada, la tipa me seguía llamando David.
No se trataba de sordera. Pronto entendí que la pobre andaba perdida vaya a saber por qué épocas y lugares, ya que la mamá de David había muerto hacía ya muchos años.
Mientras la miraba y la escuchaba divagar comprendí que por más que yo pusiese la máxima dosis de cariño o de buena voluntad, no se podía establecer ningún tipo de comunicación coherente con una anciana gagá. Ella estaba en su mundo. Y yo en el mío. Y en el mío no viene mal recordar que mi estómago buscaba en el diccionario la palabra “comida”, ya que no recordaba su significado. Rumbié para la heladera mientras la chabona continuaba con sus desvaríos. Abrí un paquete de salchichas parrilleras importadas de viena, que comencé a devorar frías, con la mano, a la vez que vaciaba del pico una botella de Valderrobles Malbecq bien helada. Pan no había. “Vieja canalla”, -pensé. “No tiene pan”. Luego recordé al culpable. Había queso roquefort, manzanas, sardinas. “El jardín de las delicias”- pensé divertido y despreocupado. Estaba feliz. La felicidad está hecha de instantes, como se suele decir, y justo en ese momento, yo estaba en paz conmigo mismo. Mis únicas preocupaciones eran que yo tenía hambre. Había encontrado comida. Tal vez el barba existía. Y encima de postre, había encontrado dos porros del tamaño del habano de fidel castro que seguramente David había olvidado en un cajón del aparador de su abuela. Como la tipa estaba senil, y yo estaba más contento que puto con dos culos, aproveché la ocasión para seguirle la corriente en una charla de locos; la abuela me preguntaba algo; yo le respondía el disparate más grande que se me ocurriese, y la anciana como si nada, continuaba hablando sola o volvía a preguntar otra cosa. Creo que notaba mi presencia de a ratos. Mientras tragaba pescado como un vikingo y bebía como una morsa delante de su cara, me preguntó si quería comer algo, y luego arrancó con una retahila de incoerencias. De pronto se me ocurrió bailar; por qué no; comencé a bailar la coreografía más absurda de mi vida. Traté de bailar de la forma más ridícula que un ser humano se haya jamás animado a bailar. Ponía caras extremas de puto relajado o de gorda cantaboleros. Delante de sus narices, mientras me morfaba su comida, bailé flamenco, bailé can can, bailé charleston, bailé twist, bailé árabe, hice la escena de Liza Minelli en Cabaret, con silla y todo. La vieja ni se inmutó. Continuó con su soliloquio delirante de muertos presentes y minucias de ajuares destruídos. Una vez que me hube atiborrado de exquisiteces y liquidado dos botellas de Malbecq, hice mutis por la puerta, agitando un sombrero invisible al son de wa-wá-wa-wáaaaaaaaaaaaaaaaa!!!! y me dirigí rumbo a mi departamento.

2 comentarios:

gofo dijo...

la verdad veo que cada dia estas mas literario, si bien no soy critico de arte, la lectura me gusto.-
espero mas historias para amenizar el viento de la patagonia
gofo

Anónimo dijo...

el gofo comento ·Había queso roquefort, manzanas, sardinas that's inof