VERANO DE 1971. El pequeño tiene no más de diez u once años. Tiene la piel blanco-teta, la cara llena de pecas y está muy triste. Su amiga Laura, algo mayor que él, le acaba de decir que se separaron los Beatles. Se halla sentado en uno de los bancos de la plaza Italia, mirando hacia el zoológico municipal. Tiene muchas ganas de llorar, pero su timidez es aun mayor, por lo que se traga las lágrimas, se despide de su amiga y se va caminando despacio hacia su casa. Por el camino piensa que nunca va a estar tan triste como hoy, excepto que le pasara algo a su mamá. Se acababan de separar las cuatro personas que más feliz lo habían hecho hasta ese día. Tal vez volvería a sentir esta angustia cuando alguno de ellos muriera; pero eso pasaría cuando él ya fuera grande, dentro de un millón de años, así que por ahora no contaba.
Ya en su casa tomó el mate cocido que le había preparado su mamá (odiaba la leche), jugó con su perro Lucifer, y luego miró en la tele Los Autos Locos y el Tunel del Tiempo. Después recordó que tenía tarea para el día siguiente. Debía inventar un problema matemático y encontrar la solución del mismo. Recordó que durante la caminata hacia su hogar, había estado pensando en todas las formas posibles en que podrían ir muriendo sus cuatro ídolos de Liverpool. Le daba veinticuatro; era sencillo escribirlas todas en un papel, una por una. ABCD, ABDC, ACBD...hasta llegar a DCBA. Sin embargo, no le pareció gran cosa un problema que pudiera solucionarse escribiendo y luego contando una a una las posibilidades. Más digno y más dificil sería plantear las posibilidades que existían con los trece hijos que había tenido su abuela, uno de ellos, su madre. ¿En qué orden irian muriendo su mamá y sus tíos? Eso sí era dificil, ya que no se podían escribir las contingencias en un cuaderno, por más páginas que tuviera. No se podía hacer trampa contando con los dedos; había que hallar una fórmula que lo resolviera. Hizo la prueba para una persona, dos, tres, cuatro y cinco. Tardó cerca de dos horas en darse cuenta que había que multiplicar la totalidad de los elementos en forma serial, desde 1 hasta N, sin saber todavía que esa operación matemática ya estaba inventada y se llamaba factorial. Satisfecho con su arduo trabajo, escribió aplicada y prolijamente en su cuaderno de Trabajos Prácticos: “De cuántas formas pueden ir muriéndose todos los integrantes de mi familia”; luego planteaba la fórmula y por último la solución: 6.227.020.800. Algo más de seis mil millones de posibilidades. Guau. Eso seguramente impresionaría a su maestra María Concepción Barros, de la cual estaba perdidamente enamorado.
Al día siguiente, sin embargo, parece que algo salió mal; tal vez se había equivocado cuando hizo las multiplicaciones, ya que la maestra citó a su mamá y esa misma tarde lo llevaron a una psicópata o algo por el estilo. Sí; seguramente había cometido algún error, sin duda. Por eso tal vez lo llevaban con esa señora que le hacía preguntas raras y lo hacía dibujar. Los psicópatas sabían mucho de muertes seriales; quizás entonces esa señora le explicara bien cómo era la solución correcta.
Al día siguiente, sin embargo, parece que algo salió mal; tal vez se había equivocado cuando hizo las multiplicaciones, ya que la maestra citó a su mamá y esa misma tarde lo llevaron a una psicópata o algo por el estilo. Sí; seguramente había cometido algún error, sin duda. Por eso tal vez lo llevaban con esa señora que le hacía preguntas raras y lo hacía dibujar. Los psicópatas sabían mucho de muertes seriales; quizás entonces esa señora le explicara bien cómo era la solución correcta.
Volvió a su casa sin respuestas y con una desilusión enorme. Mientras la noche caía en Buenos Aires, decidió escribirle una carta a la única persona que no sólo podía sacarle esas dudas, sino que incluso podía decirle el orden correcto en que morirían los Beatles, sus tíos y su madre y muchas cosas más. Además de una larga lista de preguntas que lo preocupaban realmente, le contaba a su destinatario esas dos raras jornadas que le había tocado vivir. Lo que había soñado a la noche, la pelea con su hermana, las charlas con Laura, lo que había almorzado y cenado, sus miedos, sus dudas, sus pequeñas alegrías.
INVIERNO DE 2004. Iván tiene alrededor de cuarenta años. Se divorció hace cinco, tiene dos hijas adolescentes y una novia de 22. Acaba de presentar la quiebra de su pequeña empresa de computación. Tiene decidido comenzar de nuevo en el lejano sur. Ya tiene el pasaje de avión y la mochila armada. Los muebles no podrá llevarlos, así que comienza a taparlos con sábanas y cobertores de nylon. Los más de ocho mil libros tampoco; los va a extrañar. Se detiene en uno de los numerosos estantes de su biblioteca. Saca un libro cualquiera, al azar. Platero y Yo, del pelotudo de Juan Ramón Jimenez. Recuerda a su maestra de quinto. Un destello de nostalgia atraviesa su mirada. De pronto, algo cae del libro. Es un sobre amarillento con una curiosa y enigmática inscripción: “Para ser abierto en el año 2000”. No reconoce la letra. No comprende nada. El año 2000 ya pasó hace rato, piensa. Abre el sobre. Llega a leer algunas preguntas, “¿Está viva mamá? ¿Está vivo John Lennon?”, antes de desplomarse en un sillón. Su novia lo mira y le pregunta qué le pasa. Iván es muy tímido, sin embargo, esta vez deja correr algunas lágrimas mientras continúa con la lectura de la carta más extraña que recibió en su vida.
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